Esta mañana encontré unas pequeñas partículas marrones debajo de la almohada de mi marido, justo sobre el protector del colchón.

La mañana había comenzado como cualquier otra. Estaba haciendo la cama cuando algo extraño llamó mi atención. Justo debajo de la almohada de mi marido, sobre el protector del colchón, había pequeñas partículas marrones. No muchas, pero sí las suficientes como para asustarme.

Mi primer pensamiento fue terrible: huevos de insectos. O peor aún, parásitos. Un escalofrío me recorrió la espalda. En mi mente aparecieron todo tipo de escenarios horribles: chinches, bichos raros, criaturas tropicales desconocidas…
Fui a ver a mi marido para comprobar si tenía picaduras o alguna erupción en la piel. Por suerte, no había nada sospechoso. Medio dormido, me miraba sin entender qué pasaba.

Decidí no entrar en pánico. Tomé una de las partículas para observarla mejor. Era extrañamente fina y quebradiza. La acerqué a mi nariz: tenía un ligero olor dulce. Y entonces lo entendí… ¡eran migas de galletas con chispas de chocolate!
Al parecer, mi querido marido había estado comiendo a escondidas en la cama durante la noche y dejó las migas como prueba del delito. Me dio tanta risa que terminó de despertarse y me preguntó, inocente:

— ¿Qué es tan gracioso?
— Pensé que habías dejado huevos de chinches en la cama.
Ahora está poniendo la lavadora y me ha traído un café… como forma de disculpa.