«¡Fuera de aquí, mujer! ¡En mi compañía no hay lugar para personas como tú!» — dijo bruscamente el capitán al joven soldado, pero ni siquiera podía imaginar quién estaba frente a él.

«¡Fuera de aquí, mujer! ¡En mi compañía no hay lugar para personas como tú!» — dijo bruscamente el capitán al joven soldado, pero ni siquiera podía imaginar quién estaba frente a él.

En el cuartel flotaba una mezcla sofocante de humedad, sudor y humo rancio. El polvo cubría el suelo con una capa gruesa, las literas oxidadas crujían con cualquier movimiento, y los soldados se sentaban en un rincón como sombras perdidas. Sus uniformes estaban desgarrados, las botas rotas, y en sus rostros se leía cansancio y desinterés.

Anna, apenas cruzando el umbral, sintió cómo algo se calentaba dentro de ella. Esperaba ver defensores fuertes y orgullosos de la patria, pero en su lugar encontró personas llevadas a la pobreza y la desesperación.

Avanzó decidida hacia el capitán.

— ¿Por qué sus soldados viven en estas condiciones? — preguntó con firmeza. — ¿Dónde están los uniformes, la comida decente? ¿Por qué el cuartel parece un establo?

El capitán frunció el ceño, y al ver que frente a él había una chica indefensa, sonrió con desdén:

— ¿Y tú quién eres para hacer preguntas? ¿No temes perder tu trabajo?

— No tengo miedo — respondió Anna con firmeza. — Me da asco ponerme botas rotas y comer comida que ni siquiera darías a los cerdos. Esto me afecta a mí y a mis compañeros. Hemos venido aquí a servir, no a sobrevivir.

El capitán dio un paso hacia ella, la agarró del cuello de la camisa y gruñó con furia:

— ¡Fuera de aquí, mujer! ¡En mi compañía no hay lugar para personas como tú!

Pero ni siquiera podía imaginar que frente a él no estaba una chica común…

Anna lo miró directamente a los ojos y dijo con calma:

— Te equivocas. He venido aquí por ti.

El capitán parpadeó, desconcertado.

— ¿Qué? ¿Quién eres para hablarme así a mí, superior en rango?

Ella sacó su credencial y se la puso frente a la nariz.

— Teniente de Investigaciones Internas. Se han recibido numerosas denuncias contra usted. Sus soldados pasan hambre y visten harapos porque el dinero destinado a la unidad termina en sus bolsillos. Usted es un ladrón y un traidor.

— No tienes pruebas — murmuró el capitán, pero su voz temblaba.

— Te equivocas — respondió Anna con frialdad. — Tengo todo: documentos, testimonios, transferencias de dinero. Ya no eres capitán.

Con estas palabras, le arrancó las insignias de rango. En ese momento, dos policías militares entraron en la sala. El capitán intentó escapar, pero lo sujetaron y le pusieron las esposas.

Los soldados que estaban en el rincón se animaron por primera vez en mucho tiempo. Sus ojos se iluminaron con esperanza.

Anna los miró y dijo con firmeza:

— A partir de ahora tendrán una nueva vida. Aquí ya no hay lugar para traidores.

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